sábado, 10 de octubre de 2026

EL CONOCIMIENTO MODERNO DE LA TOPOGRAFÍA DE LOS DORSA

 Traducción del texto aparecido en la edición de agosto 2026 de The Lunar Observer

En un texto publicado en el número de Marzo 2026 de esta revista (“Las primeras observaciones de dorsa en la historia”) repasamos la historia de las primeras detecciones de relieve lunar que hoy llamamos dorsa, desde indicios de registro en Hevelius, su primer registro preciso en Schroter y los indicios de registro de detalles de su relieve en el mapa de Willem Lohrmann. Eran registros meramente observacionales, ya que la geología lunar estaba en su prehistoria: prevalecía la teoría del origen volcánico de los cráteres, era cercano el debate sobre la existencia de una tenue atmósfera, y se creía que la existencia de agua en estado líquido era posible en tiempos no tan lejanos. Las primeras hipótesis sobre el origen de estos gigantescos pliegues presentes en los maria lunares se pueden leer en el clásico texto de Thomas Elger “The Moon” de 1895. La explicación más aceptada en esa época era la John Phillps, se trataba de fenómenos aluvionales similares a los “montículos largos, bajos y ondulantes, de origen algo incierto, denominados «kames» en Escocia y «eskers» en Irlanda —donde, en la llanura central baja, suelen presentarse como extensos terraplenes (compuestos principalmente de grava) de laderas más o menos escarpadas— (…). Al igual que las crestas lunares, se ramifican y presentan numerosas interrupciones en su continuidad”. Las hipótesis para estas formaciones terrestres eran un origen relacionado con antiguos glaciares (hoy sabemos que es la correcta) o con antiguos depósitos submarinos. A estas hipótesis aluvionales, que implican un pasado de agua y hielo en la Luna que hoy sabemos imposible, Elger agrega muy sagazmente dos hipótesis de origen de los dorsa. La primera, su origen volcánico: “«...su estrecha conexión con centros de actividad volcánica y la gran cantidad de pequeños cráteres situados sobre su trazado o en sus proximidades sugieren que están formados más bien por material exudado a través de extensas fisuras en la corteza de los "mares" y en otras superficies sobre las que se superponen». La segunda, relacionada con el relieve de la zona: “es evidente que algunas son simplemente manifestaciones externas de bruscos descensos del terreno —como ocurre con las crestas que bordean el margen occidental del Mare Nectaris y en otros casos en los que el hundimiento se traduce en formaciones que, aunque presentan el aspecto exterior de crestas convencionales, poseen en realidad una naturaleza estructural muy distinta”. Para Elger, el origen de los dorsa podía deberse a cualquiera de estas causas. Hoy sabemos que la primera (aluvional) es imposible, pero la segunda (origen volcánico) es minoritaria en el consenso científico (aunque podría explicar algunos dorsa) y la tercera anticipa el descubrimiento de las cuencas de impacto pocos años después.

La primera mitad del siglo XX fue, en cierta manera, una época de estancamiento de la selenografía: “Walter Goodacre (…) podía quejarse, durante la década de 1920, de que quedaban pocos estudiosos serios de la Luna (…). Se percibe una sensación de rendimientos decrecientes a medida que la selenografía se convertía en un ejercicio asintótico de agotamiento. Al verse en la posición poco envidiable de «recién llegados» —y enfrentados a la sensación claustrofóbica de que la frontera se cerraba, pues cada uno iba agotando el abanico de posibilidades futuras—, los selenógrafos se dedicaron a observar rasgos cada vez más pequeños” (“Epic Moon”, page 300). Se habían agotado las posibilidades de la observación visual (única posible en esa época) sin el marco conceptual que hoy gozamos. Es decir, faltaba teoría para ayudar a la observación.

El advenimiento de la aventura espacial tuvo a la Luna como su primer objetivo, pero los objetivos científicos a menudo se subordinaron a la determinación de los lugares más seguros para alunizar. Sin embargo, las sondas Lunar Orbiter fueron las primeras en suministrar imágenes suficientes para formar un Atlas, que aún hoy es interesante. Esas imágenes, seguramente, fueron las que sirvieron para los estudios pioneros sobre la composición de los dorsa, como los de Luchitta (1976) Plescia and Golombek (1986) y Aubele (1989).

IMAGEN 1

IMAGEN 1 es parte del Lunar Orbiter Photographic Atlas of the Moon, es la Lámina 83 en la página 132. Es una de las imágenes más claras de dorsa que allí se encuentran, y vemos (marcado por flechas) que se puede distinguir la estructura del arco, con la elevación que lo diferencia y separa de la superficie del mare y la cresta que migra de un extremo al otro del arco.


IMAGEN 2

IMAGEN 3

IMAGEN 4

Las imágenes de Apollo fueron menos inclusivas, pero mucho más detalladas. Ya en el mismo sitio de alunizaje de Apollo 11 se observaban dorsa como suaves ondulaciones, incluso pueden verse dos que se cruzan (lo marcamos con la flecha en la IMAGEN 2, de Apollo 11) No son muchos los dorsa que aparecieron en las imágenes con iluminación frontal que son tan comunes en la misión Apollo (como la IMAGEN 3, de Apollo 15) pero hay imágenes como IMAGEN 4 de Dorsum Heim (Apollo 17), en las que podemos observar las características topográficas de los dorsa con más detalle. Se ven las crestas proyectando sombra (un detalle difícil de conseguir, marcado con la flecha ascendente de la izquierda) y también las dos pendientes del arco: la empinada, por la que pasa el arco, y la suave (que si prestamos atención tiene diferencia de elevación, marcada con las dos flechas descendientes). La flecha ascendiente de la derecha marca una cresta secundaria.


IMAGEN 5


IMAGEN 6

El grado de complejidad de los dorsa que se ven en las imágenes de las Lunar Orbiter y de las Apollo se corresponde con la teoría vigente: se pueden ver los dos elementos principales y poco más. Luego de Apollo, la Luna dejó de ser tan importante en la consideración de las agencias espaciales, tuvimos que esperar hasta 2011 por la difusión de las imágenes de la sonda japonesa Kaguya (de las más hermosas que conozco). IMAGEN 5 pertenece a The Kaguya Lunar Atlas (Lámina 56, en la página 115) y la iluminación oblicua de la cercanía del terminador permite ver una multitud de detalles dentro de la estructura de los dos elementos principales, arco y cresta. Ya no son los dorsa de las imágenes anteriores, son mucho más complejos, con elementos topográficos que carecen de denominación. No es menor la falta de un término adecuado para nombrar una característica topográfica. El término es acuñado luego de comprobar que hay un accidente que se repite en cuanto a sus características generales, y ayuda a visibilizar el concepto, y a las observaciones posteriores, que saben que buscar y registrar. Cuando Elger utiliza el término “ridge” en 1895 está separando a los dorsa de otras elevaciones, cuando Aubele y otros pioneros separan en componentes principales la estructura de los dorsa, podemos ver fácilmente a ambos con pequeños telescopios. Como sucede en otros campos de la observación lunar (como los domos), la observación por aficionados en condiciones favorables de iluminación permite un grado de detalle mucho mayor a las imágenes obtenidas previamente desde la órbita lunar. Y ahí comenzamos a ver que hay dorsa que responden a la estructura binaria arco-cresta, mientras que otros tienen una estructura mucho más compleja. Ya Elger, una vez más, fue muy sagaz al mencionar en “The Moon” que hay dorsa como el famoso “Serpentine Ridge”, que son muy complejos: “A comparatively low power serves to show the curious structural character of this immense ridge, which appears to consist of a number of corrugations and folds massed together”. Como muestra del grado de precisión de nuestros observadores, y de lo acertado de la descripción de Elger, podemos ver la IMAGEN 6 de Rik Hill, contribución a la sección Focus On del número de Noviembre 2023 de nuestra revista, destinada a Dorsa Smirnov.

En otro número de The Lunar Observer (Julio 2025) propusimos una nomenclatura (observacional y provisoria) para las estructuraras topográficas que se pueden ver en imágenes como IMAGEN 6 en el interior del arco (“A proposed nomenclatura for the dorsa (and a little philosophy of science)”). Estas estructuras pequeñas, como elevaciones no tan empinadas como la cresta, comenzaron a distinguirse en imágenes desde Tierra de aficionados, como las que solemos ver en nuestra revista. Es, en cierta manera, un proceso análogo al que se refieren Sheehan and Dobbins en “Epic Moon”, cuando comentan como los observadores no registraban patrones obvios en la estructura de las cuencas de impacto, porque no sabían de su existencia y porque el objetivo de la selenografía de la segunda mitad del siglo XIX y de inicios del siglo XX apuntaba a registrar detalles de la superficie cada vez más pequeños: “El hecho de que los investigadores anteriores no reconocieran las cuencas de anillos múltiples como un motivo recurrente importante puede explicarse por su prolongada obsesión con detalles cada vez más pequeños (…). Los rasgos lunares de mayor tamaño se habían observado durante tanto tiempo que se daban por sentados. La familiaridad engendra indiferencia; se habían vuelto, por así decirlo, invisibles”. En el caso de los dorsa, los estudios se orientaron primero hacia su estructura general y su origen, luego a su distribución; pero no conozco estudios descriptivos, por ejemplo, de un dorsum. Buscando lo general a veces no registramos los detalles, que quizás esconden información valiosa.

IMAGEN 7

Y otro paso más adelante vino con la sonda Lunar Reconnaissance Orbiter, que orbita la Luna desde 2009. Así como las imágenes modernas de aficionados mostraron que hay muchos dorsa que son más complejos que la estructura binaria “arco-cresta”, las increíbles imágenes del LRO muestran detalles mucho más pequeños, como los afloramientos de rocas en la cima de Dorsum Buckland que pueden verse en la IMAGE 7, que tomamos del sitio web de la misión LRO, en el que leemos: “Las grandes rocas que se ven aquí se encuentran en la parte superior de la cresta. Hay otras zonas a lo largo de esta extensa cresta que presentan bloques similares, pero en este punto también se puede observar lo que parece ser roca madre aflorando por erosión (flechas blancas) (…). Es posible que estas rocas se hayan desprendido por erosión del basalto fracturado que conforma la cresta. Piénselo: si tanto las rocas como la cresta están compuestas del mismo material, ¿por qué presentan un albedo más elevado? ¿O acaso tienen un origen más complejo? ¡Sin duda, tanto el afloramiento más oscuro como las rocas más claras serían objetivos fáciles de muestrear para futuros exploradores lunares!”. A medida que nuestras imágenes se hacen más precisas, los dorsa (como todo en la Luna) se vuelven más complicados y requieren más reflexión teórica. Y dentro de poco tiempo, tendremos drones y rovers en la superficie transmitiendo imágenes con detalles cercanos que ni soñamos. Por ejemplo, ¿cómo serán las paredes de los dorsa vistas no a ojo de pájaro sino desde abajo? Seguiremos buscando nuevas nomenclaturas para las maravillas que vendrán.

BIBLIOGRAFÍA

Bowker, David-Hughes J. Kendrick (1971).  Lunar Orbiter Photographic Atlas of the Moon, NASA.

Braden, Sara (2011). Buckland boulders. In: https://lroc.im-ldi.com/images/302

Elger, Thomas G. (1895), The Moon, George Philip & son, London,

Motomaro, Shirao-Wood, Charles (2011). The Kaguya Lunar Atlas, Springer, New York.

Sheehan W. and Dobbins T., (2001), Epic Moon, Willmann-Bell, Richmond.

IMÁGENES:

IMAGEN 1: Lunar Orbiter Photographic Atlas of the Moon.

IMAGEN 2: National Aeronautics and Space Administration (NASA). AS11-37-543. In https://www.lpi.usra.edu/resources/apollo/

IMAGEN 3: National Aeronautics and Space Administration (NASA). AS15-93-12727. In https://www.lpi.usra.edu/resources/apollo/

IMAGEN 4: National Aeronautics and Space Administration (NASA). AS17-155-23712. In https://www.lpi.usra.edu/resources/apollo/

IMAGEN 5: The Kaguya Lunar Atlas.

IMAGEN 6: RIK HILL.

IMAGEN 7: NASA/GSFC/Arizona State University. LROC NAC M109141090L.

martes, 6 de octubre de 2026

LA LUNA DESDE SANTA FE

 Ignacio Podestá sigue observando metódicamente la Luna desde el Observatorio del Complejo Astronómico del Centro de Observadores del Espacio de Santa Fe:














jueves, 1 de octubre de 2026

NUEVOS NÚMEROS DE "EL MENSAJERO DE LA LUNA"

 


Amigos de la Sociedad Lunar Argentina;

Compartimos nuevos números de “El Mensajero de la Luna”, la revista de la Sociedad Lunar Argentina y la Sección Lunar de la Liga Iberoamericana de Astronomía.

En el número 65 encontrarán un reporte de las observaciones recibidas del eclipse lunar del 27/28 de agosto y de las actividades realizadas en el marco de la International Observe the Moon Night del 19 de septiembre, todo estructurado en torno a dos estupendos textos de Marcelo Mojica Gundlach.

El número 66 es un monográfico sobre el cráter Langrenus (“Un gigante en su edad madura”). Langrenus es uno de los cráteres más espectaculares de la Luna, aunque suele ser opacado por otros grandes cráteres geológicamente más jóvenes. Con las observaciones recibidas pudimos analizar su topografía: sus espectaculares paredes aterrazadas, sus picos centrales, su manto de eyección y su menguado sistema de rayos no tan brillantes, así como otras maravillas cercanas, especialmente en el cercano Mare Fecunditatis.

Links para ver y/o descargar:

Número 65:

https://drive.google.com/file/d/1Y0SNFKP0q1RPFPxll7fCB_QDQM95MRB1/view?usp=sharing

Número 66:

https://drive.google.com/file/d/14H6whbzZ-zwvboE-vSgpgRdQhS_UNYD9/view?usp=sharing

Todos los números de “El Mensajero de la Luna”:

https://archive.org/details/@sociedad_lunar_argentina

viernes, 25 de septiembre de 2026

LA LUNA DESDE PARANÁ

 Román García Verdier (Sociedad Lunar Paranaense) nos reportó esta estupenda imagen de Montes Apenninus para nuestros programas de observación:



LA LUNA DESDE SANTA FE

 Desde el Complejo Astronómico del Centro de Observadores del Espacio de la ciudad de Santa Fe, Ignacio Podestá continúa observando sistemáticamente la Luna y nos ha reportado estas estupendas imágenes:










lunes, 21 de septiembre de 2026

LA LUNA DESDE POPAYÁN (COLOMBIA)

 Jairo Andés Chavez, uno de nuestros observadores más activos, nos reportó estas estupendas imágenes lunares:








viernes, 18 de septiembre de 2026

Cuando la sombra de la Tierra tocó la Luna-Reporte de observación del eclipse lunar del 27–28 de agosto de 2026 desde Cochabamba

 

(Marcelo Mojica – Club de Astronomía Icarus)

 

Una noche para mirar juntos al cielo


Fig.1.- El evento del año!!! Foto de MarceloMojica

 

Hay noches que pasan inadvertidas. La ciudad continúa con su ruido habitual, los automóviles recorren las calles, las luces permanecen encendidas y las personas siguen con sus actividades cotidianas sin imaginar que, sobre sus cabezas, el Universo está preparando un espectáculo que ha ocurrido innumerables veces a lo largo de la historia de nuestro planeta. Y hay otras noches en las que basta con levantar la mirada. La noche del 27 de agosto de 2026 fue una de ellas. Fig.1. En Cochabamba, la Luna comenzó lentamente a internarse en la sombra proyectada por la Tierra, dando lugar a un eclipse lunar parcial que pudo ser seguido durante varias horas. Para muchos de los asistentes aquella noche no fue simplemente una oportunidad para observar un fenómeno astronómico: fue la ocasión de reunirse, compartir conocimientos, conversar, tomar fotografías y, sobre todo, experimentar juntos esa antigua sensación de asombro que produce mirar directamente hacia el cielo. Con motivo del eclipse, el Club de Astronomía Icarus, junto con el grupo Astra Bolivia, realizó una invitación abierta a la comunidad astronómica y al público en general para reunirse en los ambientes de Astra Bolivia y disfrutar de la observación. La respuesta fue muy grata. Poco a poco fueron llegando visitantes. Algunos acudieron con conocimientos previos de astronomía; otros apenas habían tenido la oportunidad de mirar la Luna a través de un telescopio. Algunos llegaron con cámaras fotográficas y otros simplemente con sus teléfonos celulares, dispuestos a intentar conservar en una imagen aquello que estaban a punto de contemplar.

Icarus llevó tres instrumentos para la observación: un refractor de 120 mm de apertura, un refractor de 102 mm y un reflector de 6 pulgadas. Y también Astra contaba con un refractor de 60mm de apertura y un reflector Dobson de 6 pulgadas tipo “table top” colapsable.  Cinco telescopios, varias cámaras, numerosos teléfonos celulares y, por encima de todo, muchas personas reunidas alrededor de una misma Luna. La astronomía, por momentos, dejó de ser solamente una ciencia para convertirse en una experiencia compartida.

La geometría de una sombra cósmica

Un eclipse lunar ocurre cuando la Tierra se interpone entre el Sol y la Luna y nuestro satélite atraviesa la sombra terrestre. La explicación parece sencilla, pero detrás de ella existe una extraordinaria geometría celeste. La Tierra recibe constantemente la luz del Sol y proyecta hacia el espacio una sombra. Esa sombra posee dos regiones principales: la penumbra, donde la luz solar queda parcialmente bloqueada, y la umbra, donde la ocultación del Sol es mucho más completa. Cuando la Luna atraviesa la penumbra se produce un eclipse penumbral. Cuando una parte de la Luna penetra en la umbra tenemos un eclipse parcial. Y cuando todo el disco lunar entra en la umbra se produce un eclipse lunar total. El fenómeno del 27–28 de agosto de 2026 correspondió a la segunda categoría: un eclipse lunar parcial. Fig. 2.

Fig.2.- La geometría de los eclipses de Luna. [1]

En Cochabamba, la penumbra terrestre comenzó a tocar el disco lunar aproximadamente a las 21:23 del 27 de agosto. La fase parcial comenzó alrededor de las 22:33, momento en que la sombra más oscura de la Tierra empezó a cubrir claramente una parte de la superficie lunar. El máximo se produjo a las 00:12 del 28 de agosto, cuando la Luna se encontraba muy elevada en el cielo, alcanzando aproximadamente 81° de altura desde Cochabamba. La fase parcial concluyó aproximadamente a la 01:51, mientras que el eclipse penumbral terminó a las 03:01. El eclipse tuvo una magnitud aproximada de 0,93, y desde Cochabamba alrededor del 93,9 % del diámetro lunar quedó cubierto por la umbra en el máximo así que casi fue total. Es decir, aunque técnicamente fue parcial, se trató de un eclipse particularmente profundo. La Luna no desapareció completamente. Una pequeña región permaneció fuera de la umbra, mientras el resto del disco experimentaba la transformación producida por la sombra terrestre. Y justamente allí estuvo buena parte de su belleza. [2]

¿Por qué no tenemos un eclipse lunar cada mes?

La Luna tarda aproximadamente un mes en completar su ciclo de fases. Podría parecer entonces que cada Luna llena debería producir un eclipse lunar. Pero no ocurre así. La órbita de la Luna está inclinada aproximadamente 5 grados respecto al plano de la órbita terrestre alrededor del Sol. Por eso, durante la mayoría de las lunas llenas, nuestro satélite pasa ligeramente por encima o por debajo de la sombra de la Tierra. Para que ocurra un eclipse, la Luna debe encontrarse cerca de uno de los puntos en los que su órbita cruza el plano de la órbita terrestre, conocidos como nodos orbitales. Por eso los eclipses solamente pueden producirse durante determinadas épocas del año llamadas temporadas de eclipses. A escala mundial, normalmente ocurren entre cuatro y siete eclipses de Sol y de Luna cada año, aunque no todos son visibles desde un lugar determinado. Los eclipses lunares, además, son mucho más fáciles de observar desde una región amplia del planeta que los eclipses solares: cualquier persona situada en el lado nocturno de la Tierra y con la Luna sobre el horizonte puede, en principio, observar un eclipse lunar. Esta es una de las razones por las que los eclipses lunares han acompañado a la humanidad desde tiempos remotos. [3]

La Luna comienza a cambiar

Durante la primera etapa del fenómeno, la transformación fue sutil.

La penumbra terrestre comenzó a afectar lentamente el brillo lunar. Para un observador sin experiencia, esta primera fase podía resultar difícil de distinguir. Pero conforme avanzaba la noche, la diferencia se hizo evidente. A las 22:33 comenzó la fase parcial. Entonces apareció una frontera oscura sobre la Luna. Era la sombra de nuestro propio planeta. Resulta difícil no experimentar cierta emoción al comprender lo que se está observando: la oscuridad que avanza sobre la Luna no es una mancha, ni una nube, ni una característica de su superficie. Es la silueta de la Tierra proyectada en el espacio. Durante una observación telescópica, esa idea adquiere una fuerza especial. Los cráteres lunares permanecían visibles, pero una parte cada vez mayor del disco quedaba sumergida en la sombra. La superficie lunar, tan familiar cuando se observa durante una noche normal, comenzaba a adquirir un aspecto completamente diferente. Los telescopios de Icarus permitieron que los visitantes contemplaran este proceso con diferentes escalas y campos de visión. El refractor de 120 mm proporcionó una imagen luminosa y contrastada de la Luna. Fig. 3. El refractor de 103 mm permitió también disfrutar de una visión detallada y limpia de nuestro satélite, mientras que el reflector de 6 pulgadas ofreció otra perspectiva, demostrando una vez más que no es necesario disponer de enormes instrumentos para disfrutar de acontecimientos astronómicos extraordinarios. Para muchas personas aquella fue probablemente la primera vez que contemplaron un eclipse a través de un telescopio. Y esa primera vez difícilmente se olvida.

Fig. 3.- Imagen obtenida por M. Mojica con el refractor Konus de 120mm y cámara Nikon D3100

Telescopios rodeados de personas

Uno de los aspectos más hermosos de la noche fue observar cómo los telescopios se transformaron en puntos de encuentro. Cada instrumento reunía a un pequeño grupo de personas. Fig.4. Algunos preguntaban cómo funcionaba el telescopio. Otros querían saber qué cráter estaban observando. Algunos comparaban la imagen que acababan de ver por el ocular con la que aparecía en la pantalla de su teléfono. Y entonces surgía una de las escenas más interesantes de cualquier actividad de divulgación astronómica: alguien que había llegado simplemente por curiosidad terminaba preguntando cuándo podría volver a observar la Luna. La astronomía tiene esa capacidad. Comienza muchas veces con una mirada. Los integrantes de Icarus presentes durante la actividad fueron Marcelo Mojica, Joaquín Triveño y Libert Arrueta, quienes estuvieron compartiendo con los visitantes, ayudando en la observación y explicando diferentes aspectos del fenómeno. La actividad no consistió únicamente en mirar. También hubo conversación. Hubo preguntas. Hubo fotografías. Y hubo café, mucho café.

Café, masitas y astronomía

Mientras la Luna atravesaba lentamente la sombra terrestre, los asistentes pudieron compartir café con masitas. Puede parecer un detalle pequeño dentro de un acontecimiento astronómico, pero precisamente esos pequeños detalles son los que convierten una observación en un recuerdo. La astronomía amateur tiene una dimensión profundamente humana. No se trata solamente de instrumentos ópticos, coordenadas, magnitudes, exposiciones fotográficas o cartas celestes. También consiste en reunirse, esperar juntos, conversar mientras el cielo cambia y compartir con otras personas la emoción de descubrir algo que siempre estuvo allí. Aquella noche el café acompañó las conversaciones. Las masitas acompañaron la espera. Los telescopios apuntaban hacia la Luna. Y las personas, por momentos, simplemente levantaban la cabeza para contemplarla directamente. La tecnología estaba presente, pero no reemplazaba la experiencia. La complementaba.

La fotografía del eclipse

Como era de esperar, los teléfonos celulares y las cámaras fotográficas fueron protagonistas de la noche. Los visitantes intentaron registrar el eclipse de diferentes maneras. Algunos fotografiaron la Luna directamente con sus teléfonos; otros utilizaron los telescopios como sistemas ópticos para obtener imágenes más detalladas. Cada fotografía representaba un pequeño intento de detener el tiempo. Pero existe una particularidad en fotografiar un eclipse lunar: la Luna es simultáneamente muy brillante y muy delicada. A medida que la sombra avanza, el contraste entre la parte iluminada y la región oscurecida puede convertirse en un verdadero desafío para cualquier cámara. Por eso, además de la imagen obtenida, existe algo importante en el acto de fotografiar un eclipse: aprender a observar. La cámara obliga a fijarse en detalles. La observación telescópica obliga a tener paciencia. Y la astronomía enseña que algunos de los fenómenos más extraordinarios no ocurren rápidamente. El eclipse necesitó horas. Los observadores tuvieron que esperar. Y precisamente esa espera hizo que cada cambio resultara más significativo. Fig. 4



Fig. 4. Ariana García con su Orion SkyScanner 100mm de apertura y 400mm de focal y celular también estuvo presente en la fotografía

Una observación que atravesó Bolivia

La experiencia no quedó limitada a Cochabamba. También se realizaron observaciones desde Potosí, donde Drakmer Rodriguez siguió el fenómeno utilizando un refractor de 120 mm de diámetro. Fig. 5. Esto permitió que la observación se convirtiera, simbólicamente, en una actividad que unió diferentes puntos de Bolivia bajo una misma sombra lunar. Cochabamba y Potosí, separados por cientos de kilómetros, tuvieron aquella noche un mismo objeto sobre sus cielos. La Luna. Y aunque cada observador la contempló desde una ubicación diferente, todos fueron testigos de la misma geometría celeste. También participaron otros miembros de la comunidad astronómica desde sus propios hogares. Ariana García, realizó la observación desde casa, al igual que Luis Magnani, Sergio Fabiani y Mario Dorado, quien siguió el eclipse desde su domicilio con la familia.



Fig. 5.- Drakmer Rodriguez, con un refractor de 120mm de diámetro, desde la ciudad de Potosí, también estuvo presente en la observación

 

 La Luna de Sangre también fue registrada desde la ciudad de Santa Cruz por Mauricio Vargas. Fig. 6. La astronomía amateur tiene precisamente esa riqueza: no necesita que todos estén en el mismo lugar para compartir un mismo fenómeno. A veces basta con saber que, mientras uno observa desde una terraza, otro está mirando desde una ventana, otro desde el patio de su casa y otro desde una ciudad situada a cientos de kilómetros. Todos están mirando la misma Luna.



6.- Desde Santa Cruz, con un Celestron NextStar, la observó Mauricio Vargas

El momento máximo

Cerca de la medianoche la Luna alcanzó el máximo del eclipse. A las 00:12 del 28 de agosto, desde Cochabamba, la Luna se encontraba aproximadamente a 81° sobre el horizonte y la sombra terrestre cubría casi todo el disco lunar. Fue probablemente uno de los momentos más emocionantes de la noche. La Luna había dejado atrás su aspecto habitual, se observó la “Luna de Sangre”. Fig. 7. Una gran parte de su superficie se encontraba sumergida en la umbra terrestre, mientras una pequeña zona permanecía iluminada. El contraste hacía evidente la naturaleza tridimensional del fenómeno. La Tierra estaba entre el Sol y la Luna. Y nosotros estábamos sobre la Tierra. Durante unos instantes, contemplar la Luna significaba contemplar indirectamente la geometría de nuestro propio planeta dentro del sistema solar. Quizá esa sea una de las razones por las que los eclipses han despertado durante siglos una mezcla de fascinación, temor y curiosidad. Hoy conocemos perfectamente la explicación física. Sabemos calcular sus fechas. Sabemos predecir sus horarios. Sabemos dónde será visible. Podemos fotografiarlo con cámaras digitales y teléfonos. Pero conocer la explicación no destruye el misterio. Al contrario. Lo hace más profundo.



7.- Esta imagen, de la Luna de Sangre” la pudo obtener Joaquín Triveño con una camara nikon d750 - lente Opteka 500mm x 2 - f6.3

De los antiguos temores a la astronomía moderna

Durante gran parte de la historia humana, los eclipses fueron interpretados como señales sobrenaturales. La desaparición parcial de la Luna podía ser considerada un presagio, un mensaje de los dioses o una señal de acontecimientos extraordinarios. Hoy sabemos que no existe ninguna amenaza sobrenatural detrás de un eclipse. Es la consecuencia natural de los movimientos orbitales de tres cuerpos celestes: el Sol, la Tierra y la Luna. Sin embargo, hay algo profundamente humano en que sigamos sintiendo emoción ante el mismo fenómeno que nuestros antepasados observaron hace miles de años. La diferencia está en que ahora podemos transformar ese asombro en conocimiento. Podemos observar. Podemos medir. Podemos fotografiar. Podemos calcular. Y, lo más importante, podemos compartir. Esa es una de las misiones más importantes de grupos como Icarus y Astra Bolivia: acercar la astronomía a la gente y demostrar que el cielo no pertenece únicamente a los observatorios profesionales. El Universo también puede ser descubierto desde una ciudad. Desde un patio. Desde una terraza. Desde un telescopio pequeño. O incluso a simple vista. Fig. 8.

 


Fig. 8.- Sergio Fabiani logró esta imagen con un lente tele adosado a su celular

 

La emoción de los visitantes

Uno de los aspectos más gratificantes de la actividad fue la reacción de las personas que acudieron. Muchos visitantes expresaron su entusiasmo por haber podido observar el eclipse a través de los telescopios y agradecieron a los integrantes de Icarus por compartir la experiencia con ellos. Ese agradecimiento constituye, quizá, uno de los mayores premios que puede recibir un astrónomo aficionado. Fig. 9. Porque detrás de cada telescopio existe mucho más que un instrumento. Existe tiempo, conocimiento y pasión. Y, como no, el deseo de mostrar a otros aquello que tantas veces nos ha emocionado a nosotros mismos. Cuando una persona mira por primera vez un telescopio y descubre que la Luna no es simplemente un círculo blanco sino un mundo lleno de montañas, cráteres y sombras, algo cambia. El cielo deja de ser un paisaje distante. Se convierte en un lugar.

Fig. 9.- Víctor Gutiérrez, de Astra Bolivia, ayudando a organizar las observaciones

 

El eclipse termina, pero la experiencia permanece

Después del máximo, la sombra comenzó lentamente a retirarse. La Luna inició el camino inverso. Primero desapareció la fase parcial y luego continuó la fase penumbral. Finalmente, alrededor de las 03:01, terminó completamente el eclipse penumbral. En total, desde el primer contacto con la penumbra hasta su finalización, el fenómeno duró aproximadamente 5 horas y 38 minutos. Pero para los observadores la noche terminó mucho antes. Los telescopios comenzaron a guardarse. Las cámaras dejaron de fotografiar. Los teléfonos regresaron a los bolsillos. Las conversaciones fueron disminuyendo. Y probablemente muchos de los presentes regresaron a sus hogares llevando consigo algo más que fotografías. Llevaban un recuerdo. El recuerdo de haber visto cómo la sombra de la Tierra avanzaba lentamente sobre la Luna. El recuerdo de haber compartido café y masitas con personas que, hasta hacía unas horas, quizá eran desconocidas. El recuerdo de haber descubierto el cielo de una manera diferente. Y quizá, para algunos, nació también una nueva curiosidad. La curiosidad por saber qué otros mundos podían observarse desde un telescopio.

¿Cuándo será el próximo eclipse lunar visible desde Bolivia?

La buena noticia para quienes quedaron fascinados con el espectáculo es que no habrá que esperar demasiado para volver a observar un eclipse lunar desde Bolivia. El siguiente eclipse lunar visible desde Cochabamba y otras regiones de Bolivia será un eclipse lunar penumbral el 20 de febrero de 2027. Posteriormente habrá otro eclipse lunar penumbral el 17 de agosto de 2027. Sin embargo, quienes esperen volver a contemplar un eclipse lunar parcial tendrán que esperar hasta enero de 2028, cuando se producirá otro eclipse parcial visible desde Cochabamba. Y existe una fecha especialmente interesante para los amantes de la Luna: el 26 de junio de 2029, cuando Cochabamba tendrá la oportunidad de observar un eclipse lunar total. También habrá otro eclipse lunar total visible desde Cochabamba el 20 de diciembre de 2029. Es decir, la noche del 27–28 de agosto de 2026 no fue el final de una historia. Fue apenas otro capítulo.

Una Luna, tres telescopios y muchas miradas

Al final, quizá lo más importante de aquella noche no fueron los datos técnicos. No fueron los 120 milímetros de apertura. No fueron los 103 milímetros. No fueron las seis pulgadas del reflector. No fueron las cámaras, los celulares ni las fotografías.



Fig. 10.- Libert Arrueta junto al refractor de 120mm

 Lo verdaderamente importante fueron las personas: Marcelo, Joaquín y Libert. Fig.10. Los visitantes, los miembros de la comunidad astronómica. Sergio Fabiani, Luis Magnani observando desde su casa. Fig 11. Mario Dorado siguiendo también el fenómeno desde su hogar. Drakmer Rodriguez observando desde Potosí con su refractor de 120 mm. Y todos aquellos cuyos nombres quizá no quedaron registrados, pero que estuvieron allí, mirando hacia arriba. Porque la astronomía tiene esa maravillosa capacidad de borrar por un momento las distancias. En una noche normal, cada persona vive dentro de su propio mundo. Pero cuando ocurre un eclipse, millones de personas pueden mirar simultáneamente hacia el mismo punto del cielo. Durante unas horas, la humanidad comparte una misma Luna. Y aquella noche, en Cochabamba, una comunidad decidió no dejar pasar el acontecimiento.  Decidió reunirse, decidió observar, decidió enseñar y compartir.



Fig. 11.- Luis Magnani con Damian Magnani

Epílogo: cuando la sombra nos recuerda dónde estamos

El eclipse del 27–28 de agosto de 2026 fue, desde el punto de vista astronómico, un fenómeno perfectamente explicable. La Luna recorrió su órbita. La Tierra proyectó su sombra. El Sol continuó iluminando el sistema solar. Y las leyes de la mecánica celeste siguieron funcionando con la precisión que han demostrado durante miles de millones de años. Pero para quienes estuvieron aquella noche en Astra Bolivia, la experiencia fue mucho más que una sucesión de eventos orbitales. Fue una reunión bajo el cielo. Fue una oportunidad para enseñar y aprender. Fue café compartido mientras la Luna cambiaba lentamente. Fue la emoción de un visitante al mirar por primera vez a través de un telescopio. Fue el sonido de las conversaciones mientras las cámaras intentaban capturar el momento. Fue la satisfacción de quienes llevaron sus instrumentos para permitir que otros pudieran contemplar el Universo. Y fue, también, una pequeña demostración de que la astronomía puede construir comunidad. Quizá esa sea la verdadera magia de los eclipses. Nos recuerdan que vivimos sobre un pequeño planeta que gira alrededor de una estrella, acompañado por un mundo rocoso que gira a nuestro alrededor. Nos recuerdan que nuestras ciudades, nuestras preocupaciones y nuestras rutinas forman parte de un escenario muchísimo más grande. La sombra que atravesó la Luna aquella noche era, en realidad, la sombra de nuestro propio hogar. Y durante unas horas, desde Cochabamba, Potosí y muchos otros lugares de Bolivia, tuvimos la oportunidad de contemplarla. Después, la Luna volvió a brillar. La sombra desapareció. Los telescopios fueron guardados. El café se terminó. Las calles volvieron a quedar tranquilas. Pero quienes estuvieron allí sabían algo que no podían saber unas horas antes: que habían compartido una noche con la Luna. Y que, cuando volvamos a levantar los ojos hacia el cielo, quizá recordemos aquella noche de agosto de 2026, cuando la Tierra dibujó su sombra sobre nuestro satélite y un grupo de personas decidió detenerse, mirar hacia arriba y maravillarse. Porque al final, eso es la astronomía: “Aprender a mirar”, y descubrir que, cuando miramos suficientemente lejos, también aprendemos un poco más sobre nosotros mismos.

Bibliografía

1.      https://www.cientec.or.cr/articulos/matematica-y-eclipses

2.      https://eclipse.gsfc.nasa.gov/LEplot/LEplot2001/LE2026Aug28P.pdf

3.      Eric Chaisson, Steve McMillan. Astronomy Today, 2007. Ed. Pearson-AddisonWesley. 6th Edition.